En la larga lucha contra la esquizofrenia literaria.

Tuesday, March 14, 2006

Revelaciones de un viejo amigo.


Fue más o menos así. Andrés Ponce y yo habíamos hecho el pacto de no hablar en público el uno del otro, como una manera de encarnar secretos de amigos. Sin embargo, desde que, por diferentes razones tuve que viajar a Bueno Aires, él violó aquel pacto de viejos camaradas, solo porque no le gusto que le ganara la larga batalla que teníamos: <<¡Un buen escritor se nace y no se hace, Andrés cuando vas a comprender, Carajos!>>
He esperado desde entonces una ocasión para el gran bocado de la dulce venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta.
Andrés contó entonces frente a un grupo de amigos míos, amigos que yo recién le presentaba, como todos en un acto infantil en colegio habíamos revertido nuestros nombres a su forma femenina, en el caso de el era Andrea, pero: “Según el”, yo en un acto deshonesto y sospechoso me había puesto Sandra. -- Será porque siempre quiso llamarse así --, decía sin ningún remordimiento frente a todos. Esta traición seguida por otras bochornosas cosas que contó esa noche, me transporto de golpe a mis no tan antiguos años de colegial cuando conocí a Andrés.
Entre los pocos alumnos que habían asistido al primer día de clases del primer año, yo odiaba a uno de nariz heráldica, flaco, larguirucho y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos que diría yo, son los mismos que utiliza Bob Patiño.
Andrés había sufrido ya muchos riesgos con su forma de ser. Siendo sarcástico e irónico con los profesores no logro más, que lo tuviesen como un espectro en las clases y esto derivo su declive en casi todas las materias. ¡Ha, excepto literatura!, tuvo la suerte de conseguir en una feria del libro por cincuenta y cinco centavos el mismo libro que usaba la profesora.
Cuando ya cursábamos el quinto curso, como es de costumbre en el y en todos, estábamos dando bocanadas de moribundo en matemáticas. Yo en particular noté una cierta consideración sospechosa de parte del Licenciado Salazar hacia Andrés. Todos y todos los días cumplíamos con nuestras tareas de matemáticas, excepto Andrés, Andrés el chico larguirucho de la última silla.
Anonadada noticia que me llevaba todos los viernes cuando el Licenciado Salazar daba las notas de las tareas: -- Andrés Ponce, usted tiene veinte. -- Nota que era secundada por una mirada atrevida y una inexplicable tembladera de labios por parte del Licenciado Salazar. Era como que el Licenciado Salazar esperaba toda la semana hasta que llegase el viernes, para deleitarse dando las notas, en especial la nota de Andrés, por supuesto.
A todos nos decía el apellido seguido por la nota, pero al llegar la P, la P de Ponce, de Andrés Ponce el se daba el placer de alargar la frasecita y agregar: -- Andrés Ponce, usted tiene veinte.-- Nadie sabía porque agregaba el “usted tiene”, un “usted tiene” muy pícaro, pero como todas las cosas nos acostumbramos y, Andrés trato de justificar la consideración borrándole todos los días el pizarrón antes de que llegue el licenciado Salazar.
Todo era color de rosas para Andrés, el peso de la materia matemática ya no era problema y, lo único en que pensaba era descansar de la vida ya descansada que le había tocado por gracia. Todo era hermoso hasta que un día en clase todos desmenuzábamos un ejercicio en factores, si todos, menos Andrés que yacía leyendo con la cabeza agachada sobre el pupitre, la ultima novela de su ídolo Jaime Bayly.
Todos dicen que fue celos, pero yo creo que el Licenciado Salazar se canso de su aptitud de ignorarlo mientras el dictaba clase. -- Por lo menos has como que si te interesa la clase, le decía--. El Licenciado Salazar le quito el libro e impregnó una mirada sentenciadora al autor, como diciendo: --No te vas a robar a mi niño--.
Le dijo a Andrés que lo acompañe afuera del aula y, al inspector le dijo que no iba a soportar que se burlen de el y peor aún leyendo en plena clase a un marica famosillo.
Días después cuando todos creíamos que todo iba a seguir igual, no lo fue. Ese lunes a primera hora, Andrés se disponía a limpiar el pizarrón, en un acto de reconciliación cuando justo entró en Licenciado Salazar y le reprocho del porque se encontraba de pie borrando el pizarrón, cuando ese es el trabajo suyo. Desde aquel día Andrés debió cumplir con sus obligaciones en matemáticas como todos, pero no fue así y él preferiría regresar todo a la normalidad.
Lo único que lamente fue no poder negarme, cuando me dijo que lo ayudara a conseguir que todo vuelva a la normalidad (en otras palabras reconquistar al Licenciado Salazar), porque ya habíamos digerido tantas cosas juntos, que no teníamos camino de regreso.
Casi me atraganto con el sanguche, que me comía en el recreo, cuando me contó su obsceno plan de reconquista. Nunca sucumbí a ninguna de sus tentaciones obscenas, pero el no creía en la pureza de mis principios inculcados en casa. La moral es un asunto del tiempo, decía, con una sonrisa maligna. --Ya lo verás, y además tu también puedes salir beneficiado--decía.
A la tarde siguiente mientras todos gozaban de su corto receso, Andrés y yo (en contra de mi voluntad) nos dirigíamos hacia el curso donde estaba el portafolio del Licenciado Salazar. Andrés saco de su bolsillo una carta sellada, abrió cuidadosamente el portafolio negro y la metió debajo de exámenes, papeles y cosméticos de belleza. Lo mas profundo posible. Salimos corriendo, bajamos a toda velocidad la escalera y nos refugiamos entre la multitud alborotada.
Al día siguiente no tuvimos matemáticas. Andrés y el Licenciado Salazar nunca llegaron. Yo insistí desde mi celular pero Andrés nunca contesto.
El jueves por la mañana Andrés estaba con el cabello mojado y el Licenciado Salazar también pero con la diferencia que a este ultimo se le notaba una cara de felicidad inigualable. Sigo siendo amigo de Andrés, y también de mis otros compañeros. Pero si que aprendí la lección: “Para ser vago hay que ser inteligente”.

Monday, March 06, 2006

Periodista sin Sistema.


Llego al Aeropuerto de Buenos Aires a las cinco y media de la mañana. Las filas humanas frente al mostrador de Aerolíneas son gigantescas, inhumanas, abrumadoras. Por todos lados hay pancartas con reclamos sindicales e insultos al imperialismo. Bostezo tambaleándome casi una hora hasta llegar a la adusta señorita uniformada de azul que me informa que el vuelo está demorado. Era previsible. Los vuelos de Aerolíneas son puntuales para demorarse. Siempre están demorados. El slogan de Aerolíneas debería ser: “No se apure, estamos demorados”. Le pregunto a la señorita cuán prolongada será la demora. No sabe. Le pregunto si puede indagar o informarse. “No puedo”, me dice. “Se ha caído el sistema”. Eso tampoco debería sorprenderme. En Aerolíneas casi siempre se cae el sistema. Alguien le pone zancadillas o se tropieza o tiende naturalmente a caerse, pero lo cierto es que el sistema suele estar caído o a punto de caerse. Le pregunto a la señorita si volverá el sistema, si será posible levantarlo de tan temprana e inoportuna caída. Me dice que no sabe, que quizá regrese o quizá no, lo mismo que el avión que debe llevarme a Mar del Plata, que quizá llegue o quizá no, nunca se sabe. Así son las cosas, inciertas, y no conviene enojarse, porque dicen que da cáncer y porque estoy tan cansado, mareado y abrumado por el gentío itinerante que en cualquier momento me caigo yo también, junto con el sistema o encima del sistema. Me dan mi pase de abordar, paso los controles, me siento en la cafetería, pido un jugo de naranja y le pregunto a la camarera si sabe por qué mi vuelo está demorado. Ella me dice: “Porque hay tormenta en Buenos Aires.” Le pregunto cómo lo sabe. Me dice: “Porque acá está lloviendo”. Su respuesta me deja mudo, pasmado. No entiendo nada. Me resigno a comer rosquillas sin hambre. La camarera me dice que el vuelo tardará tres o cuatro horas en salir. Debí ir en auto, pienso. Me tumbo en un sillón y me quedo dormido. Una mujer me despierta y me pregunta por qué ya no salgo en televisión. “Porque se ha caído el sistema”, le digo, y ella me mira con extrañeza y luego dice: “Me gustaban mucho sus reportajes, señor Guschmer”. Sigo durmiendo. Alguien me despierta y me dice que ya están abordando. No sé qué hora es, cuánto he dormido. Da igual. Subo a un autobús. Está lleno de gente. Todos apiñados, todos malhumorados, todos odiando a Aerolíneas. Ya no sube nadie más, pero el autobús sigue detenido. El conductor no está. Lógicamente, está demorado. Quizá se ha caído con el sistema o no ha llegado por mal tiempo. La gente protesta. Algunos sugieren caminar hasta el avión. Pero hay muchos aviones, nadie sabe cuál es nuestro avión. Por fin aparece un señor panzón, fatigado, se diría que con ganas de hacer una huelga por algo o por nada, y enciende el autobús. La gente le increpa, pero él se defiende: “Hubo un problema técnico, señores”. No se sabe si el problema técnico afectó al bus, al aeropuerto, al sistema, a él o a otro técnico. Lo importante es que el vuelo está demorado, el bus está demorado y el conductor, fiel a la política de su empresa, también está demorado. El bus parte y se dirige al avión de Aerolíneas. De pronto, en medio de la nada, se detiene. Nadie sabe por qué se detiene. Puede que haya un semáforo en rojo que no alcanzo a distinguir o que se haya presentado otro problema técnico o que el conductor haya decidido plegarse a alguna huelga repentina. Pero el bus no se mueve. El conductor nos informa: “Nos hemos quedado sin gasolina, señores. Hay que traer otro bus”. La gente estalla en protestas o en risotadas. Yo prefiero reírme. Suerte que no nos pasó esto en pleno vuelo, pienso. Al final, bajamos y caminamos ordenadamente hasta el avión. Parecemos una tribu errante, exhausta, derrotada, en busca de la tierra prometida. Subimos al avión. El capitán se disculpa por la demora pero su disculpa no parece sentida, parece rutinaria, puede incluso que sea una grabación que Aerolíneas pasa en todos sus vuelos, después de informarnos cómo debemos respirar por las mascarillas de oxígeno o sacar el chaleco salvavidas debajo del asiento. “Gracias por elegirnos”, dice el capitán. De nada, pienso. En realidad, no fue una elección: fue una imposición. No hay otra aerolínea que cubra esta ruta, por eso elegí sin demora este vuelo demorado. Cómo echo de menos a las chicas amabilísimas de Lan. Me cubro el rostro con una bufanda y me quedo dormido. Cuando despierto, estamos aterrizando. La gente está impaciente por bajar del avión. Abren las puertas delantera y trasera. No hay mangas. Deben llegar las escaleras. No llegan las escaleras. No aparecen en el horizonte. Están demoradas. Esperamos diez, quince minutos. Le pregunto a la señorita si sabe por qué no llegan las escaleras. “No sabemos”, me informa. Le pido que pregunte si las escaleras están en camino o si están demoradas por mal tiempo. “Lo siento, pero no puedo”, me dice secamente. Le pregunto por qué. “Porque se ha caído el sistema”, me dice. Así que seguimos esperando las escaleras demoradas mientras un viento helado me despeina y espabila y recuerda las ventajas de estarse quieto. Miro hacia abajo desde la puerta de salida y me pregunto si debo saltar. No me atrevo: en mi caso, el coraje siempre estuvo demorado, nunca llegó a tiempo. Y seguimos esperando en ese avión de Aerolíneas. Y ya nada importa, porque tal vez hemos comprendido que viajar en Aerolíneas es, más que una travesía aérea, un curso acelerado en paciencia, meditación y autocontrol. Respiro hondo y refreno el impulso ciego de arrojarme al vacío. No voy a saltar. No voy a caerme. Pero ahora ya sé cómo fue que se cayó el sistema. Se cayó de esta puerta abierta sin escaleras. Se cayó de tanto esperar. El sistema no se cayó: se suicidó. Pero esto, claro, no nos lo dicen las sufridas señoritas de Aerolíneas.