En la larga lucha contra la esquizofrenia literaria.

Monday, March 06, 2006

Periodista sin Sistema.


Llego al Aeropuerto de Buenos Aires a las cinco y media de la mañana. Las filas humanas frente al mostrador de Aerolíneas son gigantescas, inhumanas, abrumadoras. Por todos lados hay pancartas con reclamos sindicales e insultos al imperialismo. Bostezo tambaleándome casi una hora hasta llegar a la adusta señorita uniformada de azul que me informa que el vuelo está demorado. Era previsible. Los vuelos de Aerolíneas son puntuales para demorarse. Siempre están demorados. El slogan de Aerolíneas debería ser: “No se apure, estamos demorados”. Le pregunto a la señorita cuán prolongada será la demora. No sabe. Le pregunto si puede indagar o informarse. “No puedo”, me dice. “Se ha caído el sistema”. Eso tampoco debería sorprenderme. En Aerolíneas casi siempre se cae el sistema. Alguien le pone zancadillas o se tropieza o tiende naturalmente a caerse, pero lo cierto es que el sistema suele estar caído o a punto de caerse. Le pregunto a la señorita si volverá el sistema, si será posible levantarlo de tan temprana e inoportuna caída. Me dice que no sabe, que quizá regrese o quizá no, lo mismo que el avión que debe llevarme a Mar del Plata, que quizá llegue o quizá no, nunca se sabe. Así son las cosas, inciertas, y no conviene enojarse, porque dicen que da cáncer y porque estoy tan cansado, mareado y abrumado por el gentío itinerante que en cualquier momento me caigo yo también, junto con el sistema o encima del sistema. Me dan mi pase de abordar, paso los controles, me siento en la cafetería, pido un jugo de naranja y le pregunto a la camarera si sabe por qué mi vuelo está demorado. Ella me dice: “Porque hay tormenta en Buenos Aires.” Le pregunto cómo lo sabe. Me dice: “Porque acá está lloviendo”. Su respuesta me deja mudo, pasmado. No entiendo nada. Me resigno a comer rosquillas sin hambre. La camarera me dice que el vuelo tardará tres o cuatro horas en salir. Debí ir en auto, pienso. Me tumbo en un sillón y me quedo dormido. Una mujer me despierta y me pregunta por qué ya no salgo en televisión. “Porque se ha caído el sistema”, le digo, y ella me mira con extrañeza y luego dice: “Me gustaban mucho sus reportajes, señor Guschmer”. Sigo durmiendo. Alguien me despierta y me dice que ya están abordando. No sé qué hora es, cuánto he dormido. Da igual. Subo a un autobús. Está lleno de gente. Todos apiñados, todos malhumorados, todos odiando a Aerolíneas. Ya no sube nadie más, pero el autobús sigue detenido. El conductor no está. Lógicamente, está demorado. Quizá se ha caído con el sistema o no ha llegado por mal tiempo. La gente protesta. Algunos sugieren caminar hasta el avión. Pero hay muchos aviones, nadie sabe cuál es nuestro avión. Por fin aparece un señor panzón, fatigado, se diría que con ganas de hacer una huelga por algo o por nada, y enciende el autobús. La gente le increpa, pero él se defiende: “Hubo un problema técnico, señores”. No se sabe si el problema técnico afectó al bus, al aeropuerto, al sistema, a él o a otro técnico. Lo importante es que el vuelo está demorado, el bus está demorado y el conductor, fiel a la política de su empresa, también está demorado. El bus parte y se dirige al avión de Aerolíneas. De pronto, en medio de la nada, se detiene. Nadie sabe por qué se detiene. Puede que haya un semáforo en rojo que no alcanzo a distinguir o que se haya presentado otro problema técnico o que el conductor haya decidido plegarse a alguna huelga repentina. Pero el bus no se mueve. El conductor nos informa: “Nos hemos quedado sin gasolina, señores. Hay que traer otro bus”. La gente estalla en protestas o en risotadas. Yo prefiero reírme. Suerte que no nos pasó esto en pleno vuelo, pienso. Al final, bajamos y caminamos ordenadamente hasta el avión. Parecemos una tribu errante, exhausta, derrotada, en busca de la tierra prometida. Subimos al avión. El capitán se disculpa por la demora pero su disculpa no parece sentida, parece rutinaria, puede incluso que sea una grabación que Aerolíneas pasa en todos sus vuelos, después de informarnos cómo debemos respirar por las mascarillas de oxígeno o sacar el chaleco salvavidas debajo del asiento. “Gracias por elegirnos”, dice el capitán. De nada, pienso. En realidad, no fue una elección: fue una imposición. No hay otra aerolínea que cubra esta ruta, por eso elegí sin demora este vuelo demorado. Cómo echo de menos a las chicas amabilísimas de Lan. Me cubro el rostro con una bufanda y me quedo dormido. Cuando despierto, estamos aterrizando. La gente está impaciente por bajar del avión. Abren las puertas delantera y trasera. No hay mangas. Deben llegar las escaleras. No llegan las escaleras. No aparecen en el horizonte. Están demoradas. Esperamos diez, quince minutos. Le pregunto a la señorita si sabe por qué no llegan las escaleras. “No sabemos”, me informa. Le pido que pregunte si las escaleras están en camino o si están demoradas por mal tiempo. “Lo siento, pero no puedo”, me dice secamente. Le pregunto por qué. “Porque se ha caído el sistema”, me dice. Así que seguimos esperando las escaleras demoradas mientras un viento helado me despeina y espabila y recuerda las ventajas de estarse quieto. Miro hacia abajo desde la puerta de salida y me pregunto si debo saltar. No me atrevo: en mi caso, el coraje siempre estuvo demorado, nunca llegó a tiempo. Y seguimos esperando en ese avión de Aerolíneas. Y ya nada importa, porque tal vez hemos comprendido que viajar en Aerolíneas es, más que una travesía aérea, un curso acelerado en paciencia, meditación y autocontrol. Respiro hondo y refreno el impulso ciego de arrojarme al vacío. No voy a saltar. No voy a caerme. Pero ahora ya sé cómo fue que se cayó el sistema. Se cayó de esta puerta abierta sin escaleras. Se cayó de tanto esperar. El sistema no se cayó: se suicidó. Pero esto, claro, no nos lo dicen las sufridas señoritas de Aerolíneas.

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